CAPITULO 2
«El colectivo»

Hernán Sala esperaba el colectivo en el tumulto de gente propio de las horas pico. El olor a combustible y aceite de las paradas de ómnibus se mezclaba con el humo de los caños de escape dejando algunos restos de oxígeno para mantenerlo vivo. Aun en lo aburridamente rutinario, el día que dejaba atrás no había sido el mejor lunes. Ya estaba cansado de luchar sin cesar contra aquellas personas que parecen sentir que son las únicas importantes en el planeta y que, en consecuencia, deben recibir toda la atención de la gente que la rodea.

Ocupaba un puesto de repositor en la cadena de supermercados RGDA, tarea que le absorbía la mayor parte del día. Había terminado allí luego de sucesivos rechazos laborales propiciados por su aspecto desalineado y el aire de desgano que le opacaba los ojos. En el poco tiempo libre le gustaba investigar sobre diversos temas que le llamasen la atención. Si con veintidós años no se había decidido a estudiar una carrera universitaria era porque no estaba de acuerdo con los métodos de enseñanza y prefería aprender las cosas a su manera y formar así sus propias opiniones. Ya desde comienzos de la escuela secundaria cuestionaba el planteo del sistema educativo, lo cual le trajo aparejado infinidad de reprimendas y sanciones. A pesar de eso, no consiguieron modificar su postura. La vida, para él, no se trata solamente de transcurrir a través de las estructuras sociales durante un período de tiempo y esa convicción era a prueba de balas. El ser humano encerraba algo más y la forma en que se educaba distaba bastante de potenciar estas condiciones.

Pensando en estas y otras cosas, esperaba el colectivo. Observó a la gente a su alrededor y se preguntó: ¿Qué sería de la vida de estas personas? ¿Qué les pasaría por la cabeza en ese momento? Sobresaltado por el empujón de un hombre apresurado, volvió a la realidad y descubrió que el colectivo acababa de arribar a la parada. Casi tropezándose pisó el último escalón mientras el colectivo emprendía la marcha con su cuerpo colgando como si se tratara de una bandera flameando al viento. Minutos después, cuando pudo afirmarse y se cerró la puerta detrás de sí, se acercó al chofer y le pidió el boleto de tarifa mínima.

—¿Hasta dónde vas? —preguntó el chofer con el tono que usaría para echar a un perro molesto.
—Hasta Márquez y Panamericana —contestó Hernán con tranquilidad.
—Hasta ahí no es el mínimo —replicó el conductor como lo hubiera hecho un detective que acaba de atrapar a un ladrón largamente buscado. La diferencia entre las tarifas era ínfima pero en este tipo de discusiones se jugaba más una cuestión de orgullo y una demostración de poder que una simple disputa monetaria.

Sala conocía perfectamente el recorrido y el valor de la tarifa porque viajaba todos los días, no obstante, también sabía que en ocasiones las distancias y los precios estaban a merced de la interpretación de los choferes que cual inquisidores no estaban dispuestos a ceder jamás en sus posturas inexcusables. Dudándolo, Sala se resignó y abonó los centavos de la diferencia sin más vueltas.

De cara a la multitud que colmaba el vehículo se sintió invadido por una urgente sensación de ahogo. Inspiró una bocanada que llenó sus pulmones pero el aire estancado ya había sido incontables veces respirado y cargaba una dosis concentrada de dióxido de carbono que lo dejó con sabor a nada. Decidió alejar los pensamientos del encierro y echó un vistazo a su entorno. A esa altura del viaje una nueva persona flameaba en el estribo del colectivo. Era el momento de moverse. Con más voluntad que espacio intentó desplazarse hacia la parte central con la persistencia con que una hormiga intenta una y otra vez trasladar un trozo de hoja que la excede. Hernán insistía, quería avanzar para darle unos centímetros más al muchacho que aún colgaba del estribo y corría riesgo de caer sobre el manto de asfalto, a centímetros de él, ante el primer movimiento brusco. Le resultó imposible. Los rostros irritados y al borde del colapso nervioso de los dos hombres parados delante de él le recordaron de manera amenazante que la materia era impenetrable. El colectivo estaba lleno, ya excedía la capacidad de carga pero la gente seguía subiendo. Para colmo, el calor y la humedad descolocaban a los abrigados pasajeros. El otoño había dado paso a una momentánea primavera que aumentaba el malestar dentro del vehículo.

Con dificultad logró ubicarse al lado de un soporte protector que resguardaba a la gente en el sector frontal del colectivo. Se colocó de espaldas a éste, lo cual le ofrecía una suerte de escudo contra los empujones. Desde allí tenía un panorama más amplio de lo que ocurría en el lugar. Notó, impresionado, que el movimiento de la masa de gente compactada era semejante al desplazamiento que realizan las placas tectónicas al formar las cordilleras. La presión ejercida por las personas ubicadas en los laterales sobre las del medio parecía provocar que éstas se mantuvieran suspendidas en el aire, sostenidas únicamente por quienes las rodeaban.

Cuando por fin dejó de analizar este fenómeno, examinó los rostros de los pasajeros buscando una prueba que confirmara su teoría de que el ser humano no se limitaba a esta rutina. Una señora sentada de unos sesenta y cinco años con el cabello teñido de castaño y un bolso sobre la falda le recordó a la hermana de su abuela. La tía Lita, como la llamaban en su casa, solía llevarle golosinas de regalo cada vez que iba de visita desde que era pequeño. Sonrió al recordarla y pensó que debería llamarla en los próximos días. De pie y a un lado de la señora, un muchacho con expresión de fastidio y los ojos hinchados como si hubiera estado durmiendo, se sujetó del caño superior con desgano. Evidentemente, dedujo, se había visto obligado a despertar y cederle el asiento a la mujer que ahora lo ocupaba. Notó en ese momento que todos los lugares del primer tercio del colectivo eran ocupados por personas con movilidad reducida: señoras mayores, mujeres embarazadas y gente que cargaba bebés o niños de corta edad que no podían afirmarse por sus propios medios. Tomando conciencia de que las posibilidades de sentarse eran definitivamente nulas, se dedicó a contemplar el paisaje urbano que le ofrecía la ventanilla con aires de resignación.

Quince minutos después el panorama no había variado demasiado, salvo por el aumento en los niveles de dióxido de carbono. Si bien la temperatura era elevada parecía que la gente se negaba a abrir las ventanillas por el solo hecho de que casi era invierno y «no había que abrirlas por el frío». La mente de Hernán saltaba de un pensamiento a otro mientras cuestionaba prácticamente todo lo que veía. En el exterior, los diferentes carteles publicitarios que se sucedían frente a sus ojos lo llevaron a pensar en cómo los anuncios insistían en convencerlo de que el producto ofrecido lo haría mejor persona, más importante, admirado y sobre todo más feliz. Seguramente sería mucho más atractivo si usara esa afeitadora eléctrica, pensó sarcástico.

Una brusca frenada lo sacudió e interrumpió su reflexión. La puerta delantera se abrió una vez más para dar paso a una mujer de unos veinticinco años. Su panza explicitaba sus casi seis meses de embarazo. Subió con dificultad y rápidamente Hernán volvió a revisar los asientos en busca de alguien que se levante y le permita sentarse. Las miradas de los pasajeros se cruzaron e intercambiaron gestos acusadores por el hecho de no poder dejarla sentar. Hernán no sabía qué hacer ya que estaba parado y no podía cederle el lugar. Todos los asientos cercanos estaban ocupados por personas en condiciones similares a la de ella. Las personas sentadas más atrás podrían ofrecer una solución pero no la veían desde su lugar. Y, aunque lo hicieran, ella nunca podría atravesar el bloque uniforme e impenetrable de gente. Tampoco se la podía dejar parada con el riesgo que eso conllevaba. Era una situación muy compleja y ninguna alternativa era satisfactoria. Siguiendo esta cadena de pensamientos, Hernán se planteó quién tenía más prioridad: una mujer de sesenta y cinco años o una embarazada. Y en tal caso, debería la primera darle el asiento a la segunda o debería ésta esperar a que alguno se desocupe. Los minutos pasaron y las alternativas no se presentaron.

No muy lejos de allí, mientras él intentaba encontrar una respuesta para esta situación, una muchacha delgada y atractiva, aunque de aspecto frágil, viajaba parada delante del último asiento del colectivo. El cabello largo y castaño le llegaba casi hasta la cintura. Sus ojos marrones le hacían juego con el color del pelo y sus labios eran delgados pero llamativos. Ella, como el resto de la gente en ese sector, ignoraba por completo lo que ocurría en las cercanías de la puerta delantera, sobre todo porque su corta estatura le limitaba la visibilidad. Su nombre era Rocío Di Fabio. Trabajaba como empleada en el sector administrativo de Russolian Cosméticos, una de las empresas más importantes en el rubro. A pocos días de cumplir veinte años aún no se acostumbraba a tener que trabajar, nunca antes lo había necesitado. Pero más que al trabajo, Rocío no lograba acostumbrarse a viajar en colectivo. Provenía de una familia que siempre había gozado de una importante posición económica. Su padre había sido gerente de una compañía multinacional con gran presencia en Argentina. Nunca pasó grandes necesidades hasta que, luego de una de las tantas crisis económicas que azotaron al mundo, la empresa decidió que ya no era rentable hacer negocios en el país. Retiró sin más todas las inversiones en Argentina, así como todo tipo de operaciones en el mercado local, y dejó sin trabajo tanto a obreros como a administrativos y gerentes. A partir de entonces tuvieron que aprender a adaptarse a otro tipo de vida, una vida menos ostentosa y a la par del común de la gente. En definitiva, una vida más humilde.

El padre de Rocío, Roberto Di Fabio, tenía cuarenta y ocho años y, al parecer, a los ojos del mercado laboral, su potencial se había extinguido. A cada empleo que se postulaba recibía una rotunda respuesta negativa. Era evidente que a los empleadores no les alcanzaba con el conocimiento y la enorme experiencia que su largo recorrido le había provisto. Ya era viejo, no servía. Con el correr de los meses sus expectativas y pretensiones fueron mermando y se dedicó a trabajar de lo que pudiera para mantener a su familia. Lamentablemente los ingresos no eran suficientes y, al final, le llegó el turno a ella de colaborar con la economía familiar. Trabajó desde los dieciocho años y aunque ya había pasado un tiempo prudencial, todavía no se adaptaba a esta nueva vida.

—Permiso —le dijo un hombre alto con un bolso en la mano mientras la empujaba contra el caño que le servía de «para avalanchas». Evidentemente este hombre no comprendía bien los conceptos de tiempo y espacio e intentó alcanzar la puerta trasera pasando por el lugar en el que no cabría más que un palo de escoba.

Luego de casi ser triturada por la masa de gente, revisó el bolso una vez más para controlar que siguiera todo allí y, al hacerlo, leyó sin proponérselo una hoja del diario sostenido por uno de los pasajeros que viajaba sentado. Era un artículo sobre el crecimiento del agujero en la capa de ozono y el efecto invernadero. Pensó que eso podría explicar por qué sufría tanto calor en otoño.

El movimiento del colectivo era tan imperceptible que llegó un momento en el que nadie estuvo seguro de que en realidad se moviera. Sonaron las bocinas de los vehículos ubicados en los alrededores y se escucharon una mezcla de bufidos, insultos y suspiros de los presentes, incluyendo al chofer.

Era un embotellamiento típico y todo indicaba que se debía a uno de los habituales choques en la autopista. La fila de autos no tenía ni principio ni final al alcance de la vista. Entre el sonido de las sirenas de una ambulancia y la insistencia irritante de las bocinas, Rocío no pudo más que hacerse a la idea de que este viaje no tendría un final tan cercano como el que ella querría.

A paso de hombre, el colectivo avanzó milímetro a milímetro sumando pequeñas aceleradas y bruscos frenazos que sacudían a los pasajeros. La intersección de Márquez y Panamericana recién se acercaba después de transcurrida una hora de viaje, un trayecto que sin tránsito podía hacerse en pocos minutos. Hernán se tenía que bajar y para ello debía encontrar la manera de salir de su refugio y llegar hasta la puerta. No sería fácil acceder a la salida a menos que se produjera un descenso masivo, lo cual no ocurriría. Se coló entre la gente como pudo y tratando de no lastimar a nadie cuando de pronto sintió una vibración lejana. Asumiendo que provenía del motor de alguno de los otros colectivos atascados en ese lugar, le restó importancia.

Quince minutos después sólo habían avanzado veinte metros. Hernán no veía la hora de bajar, faltando tan poca distancia para la parada el trayecto parecía eterno. Cuando llegó a ponerse a la par del chofer, de espaldas al parabrisas, tuvo la extraña sensación de que todos los pasajeros lo observaban. Molesto, levantó la vista intentando confirmar que sólo eran ideas suyas ya que no había hecho nada especial como para que lo miren. Contrariamente a lo que suponía, todos los presentes parecían estar con los ojos puestos en él y no entendía por qué. Bajó la mirada, confuso y avergonzado por tanta atención. Se volteó y vio que el chofer no lo miraba. Su atención se enfocaba en algo al otro lado del parabrisas. Giró para ver qué era y entonces lo entendió. Tanto los pasajeros como el chofer observaban absortos a una enorme burbuja acercándose lentamente. Las luces del atardecer le imprimían tonos rojizos al blanquecino de la esfera. Un coro de gritos ahogados se escuchó al unísono junto con un estremecimiento masivo de los pasajeros al ver a la burbuja avanzar.

El pánico creció dentro del vehículo. El extraño elemento atravesó un colectivo ubicado a escasos metros de allí y produjo un ruido sordo primero y un estruendo al impactar el ómnibus contra el asfalto. Parecía como si de pronto le hubieran quitado las ruedas para provocarle una estrepitosa caída. La esfera prosiguió su camino y atravesó dos automóviles cuyos ocupantes habían huido despavoridos apenas unos segundos antes. Ambos quedaron inutilizables y golpearon contra el suelo al igual que el colectivo. La gente de los alrededores huyó también ante el fenómeno que tenían enfrente. En el trayecto de la burbuja, la próxima víctima eran ellos. Los pasajeros se sintieron desbordados y el pánico cundió ya sin remedio. Quisieron correr, huir, bajarse de ese colectivo lo más rápido posible pero la cantidad de gente compactada en el interior hizo imposible la huida. Ya era demasiado tarde, Hernán, en primera fila vio a la esfera abalanzarse sobre ellos de forma inminente. Ya no había escapatoria, la tenía prácticamente encima. En una fracción de segundo la urgencia se transformó en desesperación y luego en resignación. No había nada que pudiera hacer. Cerró los ojos y apretó fuerte los puños como si eso lo protegiera de alguna manera. Y de repente... se hizo un silencio. Fue como si un campo magnético lo atravesara. Sintió una extraña vibración en todo el cuerpo y se le taparon los oídos. Durante dos segundos y sin ser creyente, le rezó a quien fuera para no morir en ese momento. Apretó los dientes y se estremeció. Pasaron varios segundos hasta que se atrevió a levantar la vista nuevamente y, justo en ese momento, sintió un violento golpe generado por el caer del colectivo contra el asfalto. Abrió los ojos justo a tiempo para ver a la burbuja atravesar otro colectivo, luego salir y después de unos momentos romperse y desvanecerse en el aire.

Al advertir que la esfera había desaparecido, los pasajeros, aparentemente en perfecto estado, se apresuraron a abrir las salidas de emergencia y escaparon a toda prisa. Dentro del colectivo quedó Hernán, quien todavía no llegaba a reaccionar mientras se daba cuenta de que sus zapatillas ya no tenían suelas. A su lado el chofer, sin entender lo ocurrido, trataba de encontrar una manera de explicar a la compañía por qué se había roto el colectivo. Rocío, cuyo bolso se había atascado en la unión del asiento con el caño del que se sujetaba, tampoco consiguió escapar. A pesar de lo extraño de la situación, Hernán no pudo evitar notar los bellos rasgos del rostro de Rocío. Se distrajo durante una fracción de segundo mientras la veía luchando para liberar el bolso del caño que lo retenía.

—¡No se vayan! —gritó el chofer como si de repente hubiese salido de un trance—, necesito que salgan de testigos para explicar esto a la compañía de seguros y a la empresa.

Tanto Rocío como Hernán quisieron escapar en ese momento pero la cara de desesperación del chofer hizo que no pudieran dejarlo solo.

—Está bien, me quedo —respondieron ambos casi al mismo tiempo.
—Gracias —el chofer suspiró un poco más aliviado y luego de un instante se movilizó—. Ayúdenme a revisar todo a ver qué pasó.

Revisaron el colectivo por dentro y se quedaron perplejos. Los asientos que hasta unos momentos atrás presentaban una conformación relativamente cómoda y acolchonada, ahora eran tan sólo un esqueleto metálico recubierto con residuos de lo que había sido el tapizado. La alfombra de goma que forraba el piso había desaparecido también, dejando al descubierto el componente metálico y las ventanillas ya no tenían los burletes correspondientes. Parecía como si la burbuja hubiera saqueado el vehículo y dejado solamente un esqueleto inutilizable.

Bajaron del colectivo y descubrieron que si bien las ruedas seguían en su lugar, se habían esfumado las cubiertas.

—Ésta era la razón del golpe contra el asfalto que sentimos —afirmó Hernán revisando los hierros golpeados.
—No entiendo qué pasó —dijo entre sollozos Rocío que se sentía superada por lo ocurrido. Su tolerancia por los colectivos acababa de sufrir el golpe de gracia—. Voy a llamar a mi papá.
Buscó en el bolsillo el teléfono móvil pero no lo encontró.
—Me robaron mi celular —se quejó con impotencia y frustración, pensando que en algún momento del viaje debía haberse descuidado.
—Tomá, te presto el mío —dijo Hernán saliendo al rescate pero cuando lo buscó tampoco lo encontró.

Mientras tanto el chofer ingresó nuevamente en el vehículo tratando de descubrir si el motor funcionaba, intentó darle marcha pero no lo consiguió, sonaba como si no tuviera combustible. Miró el tablero para comprobar si el indicador le señalaba el tanque vacío pero encontró todavía más asombrado que en el lugar donde debía estar el tablero sólo había un hueco, y del volante quedaba únicamente la estructura metálica.

Resignado descendió otra vez, mientras se acercaban algunos curiosos asustados por lo que había pasado. Se unió a Hernán y a Rocío, ambos sentados en la calle a un lado del colectivo. En ese momento y mientras seguían tratando de comprender lo ocurrido, divisaron a varios patrulleros llegando a la zona por una calle lateral.