CAPITULO 1
«El puerto»

La noche era clara y fría. El intenso viento otoñal sacudía las copas de los árboles y derrotaba la resistencia de las últimas hojas que aún se mantenían en pie. La luna llena, imponente en el cielo, se reflejaba en el mar que bañaba la costa de Bahía Blanca.

Manuel González escapó al viento e ingresó a la casilla de vigilancia buscando refugio. Una fuerte ráfaga lo había sorprendido en la primera ronda de la noche. Observó su imagen en un pequeño espejo y se acomodó el cabello con las manos. Algunos tonos grises y plateados se mezclaban en su cabeza con su color castaño original. El reflejo le devolvió un rostro marcado por el aire del mar con más arrugas de las que quisiera. Los cincuenta años vividos no habían sido sencillos. Los conflictos familiares, un fallido paso por la policía provincial y el hastío por su actual empleo lo condenaron a la frustración. Sentía como si la vida hubiera transcurrido ante sus ojos y relegado al rol de un espectador al que invitaron a participar ocasionalmente.

El puerto de la ciudad de Bahía Blanca era su lugar de trabajo desde el momento en que abandonó la policía, quince años atrás. Tenía a cargo la seguridad nocturna de uno de los sectores del área norte. El puesto se denominaba «Encargado sectorial de seguridad portuaria vespertina», un título pomposo, irritante. Él sabía que en la cruda realidad no era más que un sereno. A diario recorría la zona controlando que todo estuviera en orden. Solía caminar a paso lento observando cada recoveco y luego regresar al puesto de vigilancia. Conocía ese lugar como a la palma de su mano, convivía con los sonidos y los silencios del puerto más que con los de su propia casa. Y es que de alguna forma era también su hogar; después de todo, pasaba más tiempo allí que en cualquier otro sitio. La casilla de vigilancia estaba equipada con todo lo necesario para hacer más amenas las horas laborales. La radio era uno de sus bienes más preciados. En ella escuchaba sin falta el programa de trasnoche, cuyo locutor se había convertido en un fiel compañero en el último tiempo. El pequeño refugio contaba también con un calentador donde preparaba té y café alternativamente, según su estado de ánimo. Había renunciado tiempo atrás al mate ya que le gustaba compartirlo, no lo sentía como un rito de una sola persona. Pero en la soledad de la noche, su amigo locutor fallaba en la tarea de acompañarlo con la infusión. Una humilde y pequeña biblioteca agrupaba en un rincón algunos ejemplares de su colección personal. Antiguos volúmenes de tapas viejas y hojas ajadas leídos incontables veces. No obstante, cada tanto volvía a repasarlos. Era un apasionado, a través de la lectura conseguía que las rutinarias horas parecieran reducir la duración. Sentado en la precaria silla provista por sus empleadores, transcurría el turno contemplando la penumbra. El asiento distaba por mucho de la comodidad que hubiese deseado. Era por cierto uno de los mayores déficits de ese, su lugar en el mundo. Sobre la mesa reposaba una taza de cerámica pintada de manera irregular que cuidaba con el fervor de lo sagrado. Era un regalo de su hija Antonella cuando era niña. Un obsequio para el día del padre años atrás. Bebió un sorbo de té caliente para combatir el frío y la apoyó con extremo cuidado en un rincón. Manuel la guardaba con mucho cariño, al igual que algunos portarretratos con viejas fotos familiares.

Encendió la radio mientras terminaba de acomodarse en la nueva jornada laboral que recién comenzaba. El avance del calentamiento global y el polémico emprendimiento que un grupo de empresarios intentaba desarrollar en la zona norte del Gran Buenos Aires constituían las noticias de moda en las últimas semanas.

Manuel pasaba gran parte del tiempo sentado y observando el mar. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla lo relajaba y le permitía pensar. Todavía le costaba aceptar su divorcio. Incluso dos años después de consumado, aún no lograba perdonarse por lo que él mismo asumía como su culpa. Había dejado que su depresión por una vida que no alcanzaba sus expectativas lo consumiera por dentro y lo alejara progresivamente y cada vez más de la persona que más lo apoyó y comprendió en toda su vida, Mónica.

Se sentía frustrado. Uno de sus sueños de juventud era ser geólogo, un sueño realizable, sin demasiado misterio. Incluso contaba con todo lo necesario para inscribirse en la Licenciatura en Ciencias Geológicas y cada requisito cumplido cuando, al contarle los planes que tenía a su padre, recibió una respuesta terminante que le seguía resonando cada tanto:
—Vos no podés estudiar eso. En este país no hay lugar para esas cosas. ¿Qué querés, cagarte de hambre toda tu vida? Vos tenés que preocuparte por tu futuro, hacer una carrera que te dé de comer... ¡Vos tenés que meterte en la bonaerense como yo! ¡Eso es un laburo de verdad! ... geólogo... ¡bah! Eso es para los giles.

Se levantó sacudiendo la cabeza, tratando de alejar esas palabras que como fantasmas volvían incesantemente a torturarlo.

—¿Por qué lo habré escuchado? —pensó.

Haciendo caso a su padre, hizo toda la carrera en la policía de la provincia de Buenos Aires, aunque nunca logró llegar a ocupar ningún puesto jerárquico. Tal vez por falta de motivación, tal vez por el hecho de que con el correr del tiempo se le fue haciendo cada vez más difícil aceptar las órdenes que le impartieran los superiores sin cuestionarlas.

Durante los años de servicio se refugió en su casa, con su mujer, su hija y sus libros. Cientos de volúmenes poblaban la biblioteca, novelas, enciclopedias, ensayos, pero lo que más llenaba el espacio y sus horas de lectura eran los libros sobre su pasión: la geología. Había aprendido más cosas a partir de su afán de conocimiento que muchos graduados en la licenciatura sin tal vez su mismo entusiasmo y dedicación.

Su mujer, en permanentes intentos para que supere esa frustración, solía regalarle libros e incentivarlo a no descuidar esa parte de él que representaba todo aquello de lo que ella se había enamorado. Pero Manuel se perdió dentro de sí mismo poco a poco a lo largo de los años.

Conoció a Mónica durante un viaje a Buenos Aires por un seminario de capacitación de la Policía. En una tarde libre, ambos coincidieron en la Biblioteca Nacional. Ella, estudiante de Psicología, concurrió en busca de la información necesaria para completar un trabajo práctico; él un poco por curiosidad, para conocer, y otro poco para ver qué encontraba en materia de geología que fuera distinto a lo que ya conocía. Sentía que era necesario aprovechar la oportunidad estando en un lugar con tanta variedad de libros y tanto prestigio. Se sentaron a leer a escasa distancia uno de otro, apenas un par de metros. Él, atrapado por la lectura, no notó su presencia hasta que un concepto lo confundió, levantó la mirada y la vio. El cabello castaño y ondulado le llegaba hasta la cintura. Sus ojos eran celestes como el cielo a poco de haber amanecido, cuando los tonos rojizos recién desaparecen del firmamento. Manuel quedó fascinado con la belleza de esa mujer que seguía imperturbable leyendo y buscando en sus libros. No pudo volver a concentrarse, sentía una necesidad irrefrenable de hablarle y al mismo tiempo un pánico terrible por hacerlo. Dudó, tomó coraje y se arrepintió varias veces hasta que logró levantarse. Se acercó con la mayor valentía de que era capaz e intentando disimular la inseguridad que lo invadía le dijo: —Disculpame, ¿Tenés hora? Él iba vestido de civil con un jean y una chomba color verde.

Ella lo miró y le respondió:
—Las cuatro y veinte pasadas. Se quedaron en silencio durante unos segundos con los ojos clavados el uno en el otro, entre admirándose y analizándose.
—¿Te molesta si me siento acá? —preguntó él.
—No, no hay problema.

Hablaron en susurros durante más de una hora hasta que, con cortesía, los invitaron a retirarse dado que gradualmente habían ido aumentando el tono de voz. A partir de allí se volvieron inseparables. Compartieron durante años cada momento de sus vidas hasta que tristemente llegó el momento del divorcio.

Una sonrisa y una lágrima se conjugaban en la cara de Manuel mientras contemplaba el mar cuando lo distrajo un comentario en la radio acerca de inusuales movimientos sísmicos en el Océano Atlántico. Curioso, subió el volumen, pero la noticia ya había cambiado y el último escándalo de la farándula había ocupado su lugar. Todavía no empezaba el programa de trasnoche.

Harto ya de pensamientos melancólicos pensó que sería buena idea hacer la ronda para distraerse. Tomó la linterna y salió de la casilla. Caminó por la zona portuaria lentamente controlando el perímetro, todo se veía en calma, la ráfaga de viento había pasado. Los viejos barcos en reparación, amarrados a los muelles, parecían dormir silenciosamente durante la noche. Más allá, los contenedores, apilados unos sobre otros, formaban grandes torres, esperando ser despachados al día siguiente. La luna brillaba en el cielo y permitía ver un poco mejor en la oscuridad de la noche.

Hizo una parada en la ronda para alimentar al perro vagabundo que todas las noches esperaba ansioso que le llevara comida. Era un cachorro de unos ocho meses que habían abandonado en el puerto. Tenía el pelo largo y rasgos propios de un siberiano aunque también dejos de un ovejero alemán. Acarició al animal y prosiguió lentamente el recorrido observando las grandes construcciones que se levantaban imponentes contra el cielo nocturno junto con los depósitos llenos de combustible. De pronto algo llamó su atención: una especie de zumbido rompió el silencio de la noche. Un sonido de una frecuencia muy baja, casi imperceptible. Agudizó el oído tratando de identificar de dónde provenía pero no lo logró. Asumió que lo habría imaginado. El profundo silencio a esas horas generaba a veces que sonidos lejanos se confundieran en la noche.

Volvió al puesto de vigilancia tiritando de frío, preparó un café para que lo ayude a recuperar la temperatura corporal y a mantenerse despierto, todavía le quedaban varias horas de su turno. Se sentó y subió el volumen de la radio porque en ese momento sonaba una de sus canciones preferidas. La cantó desafinando pero con entusiasmo, con la espontaneidad que sólo aflora cuando sabemos que nadie nos observa. De repente, una interferencia interrumpió la transmisión. Molesto, maniobró con la antena tratando de recuperar la señal. Levantó el aparato, lo movió de un lado a otro pero la interferencia persistió. Impaciente, apagó la radio sabiendo que si seguía por ese camino iba a terminar por romperla. Estaba a punto de sentarse nuevamente cuando sintió una vibración como la que produce un motor en marcha mientras está regulando. Notó que el café en la taza también vibraba y parecía ir en aumento.

Asustado y alerta salió del puesto de vigilancia buscando la fuente de la vibración. Al salir sintió otra vez el zumbido que había escuchado no mucho antes pero esta vez con mayor nitidez. Observó a su alrededor buscando alguna respuesta pero todo parecía estar en orden. Entró apresuradamente al puesto una vez más en busca de la linterna pero el temblor era cada vez más intenso, los portarretratos cayeron de la mesa y se rompieron, el almanaque se deslizó por la pared hasta tocar el suelo, la radio colgaba sostenida únicamente por el cable que la conectaba a la pared. La lámpara que colgaba del techo estalló. Con una dosis de fortuna logró detener la caída de la taza que le regaló Antonella antes de que toque el piso. Los libros cayeron abiertos sobre las fotos. La linterna había caído desde la mesa y la lámpara ya estaba destrozada.

Manuel, en un intento por rescatar sus pequeños tesoros resbaló y al caer sobre los libros rompió algunas páginas. Los restos de vidrios desparramados sobre las maderas del piso le provocaron cortes en las manos al detener su caída. Mientras hacía esto y tan de repente como comenzó todo, el zumbido y la vibración cesaron. Manuel se incorporó lentamente. Asustado y aún tembloroso, salió al exterior con cautela, mirando todo con desconfianza hasta que detuvo la mirada sobre la superficie del agua. Algo llamó su atención: a pesar del temblor se mantenía perfectamente calma, incluso más que de costumbre. Extrañado, se acercó para ver más en detalle.

En ese momento notó algo que emergía del agua muy lentamente. Se detuvo, como si ya nada le importara y se quedó contemplando la escena. Parecía una esfera, o más bien una burbuja de unos tres metros de diámetro que emanaba una pálida luz blanquecina realzada por la claridad de la luna. Irrumpía poco a poco sin siquiera mover el agua, como si el mar no supiese que algo salía de él. Antes de que lograra reaccionar, la burbuja salió por completo y se mantuvo suspendida un metro sobre el nivel del agua, inmóvil, impasible. Después de unos momentos abandonó su inmovilidad y se desplazó lentamente en dirección a Manuel. Éste, asustado, corrió buscando refugio. Avanzó tan solo unos metros hasta que, sorprendido, notó que la burbuja no lo seguía a él, sino que tomaba otro rumbo. Más calmo pero sin perder el temor, se ocultó tras una pared que le servía de escudo y siguió la trayectoria de la burbuja sin perderla de vista ni un momento hasta que llegó a uno de los tanques de combustible. La esfera lo atravesó produciendo un ruido sordo y así como ingresó, salió intacta por el otro lado. Recorrió diez metros más y se rompió, desvaneciéndose por completo.

Manuel esperó unos momentos. Quería asegurarse de que el extraño fenómeno hubiera terminado. Al constatar que ya todo había vuelto a la normalidad, salió de su refugio y se acercó sigilosamente al agua para investigar si algo más se escondía allí. El mar se veía normal como todo lo demás. Cruzó entonces el trecho que lo separaba del tanque de combustible para ver qué había pasado y al llegar quedó perplejo. El tanque estaba completamente vacío.