CAPITULO 2
«El Estallido»

Un estallido de luz y ruido retumbó en todo el laboratorio dejando momentáneamente ciegos y sordos a quienes participaban del experimento a pesar de las medidas de seguridad y la prudente distancia a la que se hallaban durante el desarrollo de las pruebas. Cerrando sus ojos con fuerza y apretando sus manos contra sus orejas en busca de atenuar la sensación de aturdimiento que la invadía, Celeste fue la primera en recuperarse del suceso. Con mucho esfuerzo consiguió levantarse del suelo donde había caído tras perder el equilibrio por la falta de oído y se sentó en una de las sillas de la sala de monitoreo. Vio que a sus compañeros les costaba recuperarse y se preocupó.

—¿Están bien? —preguntó algo asustada.
Quiso acercarse a ellos para comprobar que estuvieran en condiciones pero el aturdimiento aún no había pasado del todo y no poseía las fuerzas necesarias para mantenerse en pie.
—¡Creo que sí! —dijo a los gritos Juan.
Por los efectos de la sordera sus propios gritos le sonaban como un suave susurro dentro de una botella.
—¿Ustedes? —continuó mientras se tocaba el cuerpo con las manos para confirmar que seguía allí, y recuperaba lentamente la visión— ¿Profesor? ¿Ale?
—Estoy bien, aturdido pero bien —señaló Alejandro que ya había logrado sentarse en el suelo apoyado contra la pared—. ¿Milton? ¿Estás bien?

El profesor Milton no parecía haber recuperado la conciencia todavía.

Los tres se miraron entre tinieblas preocupados y simultáneamente se lanzaron hasta él acercándose como pudieron, ayudándose de las paredes o arrastrándose por el piso. Todavía veían borroso y no lograban hacer foco con sus pupilas. El zumbido en sus oídos iba disminuyendo progresivamente.

—Juan, controlale los signos vitales —le pidió Alejandro dado que era quien se hallaba a menor distancia del profesor.
—El pulso es normal y la respiración pausada, parece estar estable pero inconsciente.
—Menos mal —suspiró Celeste—. ¡Hay que llamar al doctor Suarez para que venga a verlo urgente!
—Ya estoy en eso —exclamó Alejandro mientras marcaba el interno de la enfermería.

Afortunadamente la enfermería no estaba lejos del laboratorio y el doctor pudo llegar rápido. En esos segundos de espera y con la visión un poco más definida, Celeste vio cómo la esfera de cristal había sido pulverizada por completo. Varios elementos cercanos habían sido derribados por la onda expansiva y sus restos ahora decoraban el, usualmente impecable, suelo que pisaba.

—¿Qué pasó? —preguntó el doctor Suarez entrando velozmente al laboratorio.

Ricardo Suarez era un hombre de aspecto atlético, incluso a sus cuarenta y tantos años. Además de ser médico era aficionado a la natación y solía competir de manera amateur cada vez que sus horarios y obligaciones se lo permitían. Era un poco más alto que Alejandro y llevaba el cabello largo aunque en la parte superior de su cabeza cada vez escaseaba más y su frente se expandía a pasos agigantados.

—Algo salió mal en el experimento, y hubo alguna clase de estallido de luz y ruido, nosotros estamos aturdidos, algo sordos y con dificultad para enfocar pero él no recuperó la conciencia —explicó Alejandro como pudo.

El profesor Milton seguía tendido en el suelo boca arriba mientras el doctor Suarez le tomaba el pulso y examinaba sus pupilas.

—Ok, Javier, quedate con ellos y controlá que sólo sea eso —le dijo el doctor a su ayudante al tiempo que ambos subían con cuidado a Milton a la camilla luego de haberle colocado cuidadosamente un cuello ortopédico—. Yo mientras tanto me llevo al Profesor a la enfermería para ver qué le pasó. Los mantengo al tanto.

El doctor se fue con prisa llevando al profesor Milton en una camilla mientras Javier confirmaba que los otros tres se encontrasen bien.

—Fue solamente el shock —les dijo—, quédense un rato tranquilos y se van a recuperar de a poco. Yo me voy ver si Suarez necesita ayuda. Recogió sus elementos médicos y se retiró hacia la enfermería. Los tres se quedaron sentados, tratando de recuperarse cuanto antes pero con mucha dificultad. Varias horas después, aún shockeados, los tres estaban nuevamente sentados en la mesa redonda mientras esperaban noticias del profesor y debatían sobre qué era lo que había fallado durante el experimento.
—No entiendo, nunca me había pasado algo así... — se lamentaba Alejandro mientras buscaba impotente en su cabeza las variables responsables del estallido.
—Lo importante es que estamos todos bien en líneas generales, si bien el profesor todavía no se recupera, los médicos son optimistas —Juan trataba de calmarlo al mismo tiempo que se cubría las orejas con ambas manos y luego las quitaba buscando encontrar la forma de destapar sus oídos.
—Sí, puede ser pero no me entra en la cabeza qué fue lo que anduvo mal... —miraba fijo a la mesa sosteniéndose la cabeza con las manos. Celeste permanecía en silencio, casi sin escuchar lo que sus compañeros hablaban, Estaba en el mismo lugar que ellos pero al mismo tiempo se la notaba ausente.
—Qué sé yo... tantas cosas pudieron pasar, esta no es la primera vez que sale mal el experimento y sabemos que no va a ser la última —Juan entre aturdido y cansado iba perdiendo la paciencia.
—Está bien, lo que pasa es que es la primera vez que pone en riesgo la integridad del equipo... no sé... no lo puedo procesar todavía. ¿Por qué no se van yendo a descansar?, ya es tarde. En cuanto me entere de alguna novedad les aviso. Mañana será otro día y arrancaremos de nuevo.
—Sí, me parece razonable, este día fue muy largo ya.
Juan se levantó y buscó su abrigo. Las manos todavía le temblaban un poco por lo que había pasado.
—Llámenme cualquier cosa, hasta mañana —se retiró lentamente y con paso cansino.
—¡Tomate un remis! —le gritó Alejandro mientras salía por la puerta. Alejandro se frotaba los ojos por el cansancio y la observaba a Celeste que seguía inmóvil en su lugar haciendo caso omiso de sus palabras.
—¡Hey Celes! ¿Estás bien? —le preguntó como quien intenta sacar a alguien de un trance.
—Sí sí, ahora enseguida me voy —le respondió ella reaccionando— necesito un rato más para recuperarme mentalmente y después me voy a casa.
—Sí, a mí también me está costando.
Ambos se quedaron sentados mirando hacia la nada un rato largo, ensimismados y abstraídos de todo. Inmóviles, no se escuchaba más sonido que el de su respiración. Ya eran cerca de las diez de la noche y los dos permanecían allí.
—Sabés que pasa —rompió el silencio Alejandro. Celeste sólo varió la posición de sus ojos para mirarlo—. Cuando yo era chiquito siempre miraba series, películas y dibujos animados en los que había científicos y, en todos los casos, esos científicos eran grandes hombres que hacían descubrimientos importantes para la humanidad de una u otra manera. Eran mis héroes, ¿sabés? Y yo crecí con eso. Más adelante, ya entrando en la adolescencia me entusiasmé con novelas del mismo estilo y me pasaba noches enteras leyendo estos libros. Mi vieja me los regalaba porque prefería que leyera a que me fuera por ahí con mis amigos... aunque nunca fui ni de tener tantos amigos ni de salir a vagar. ¿Me entendés?
—Me lo puedo imaginar —contestó Celeste con una mueca de sonrisa en su rostro. Sabía que Alejandro nunca había sido un tipo demasiado sociable.
—Y cuando fue la hora de elegir yo no dudé, tomé este camino porque siempre quise ser un científico, investigar, experimentar, es algo que me apasiona... —Alejandro hizo una pausa con la mirada perdida, respiró profundo —Pero hay algo que me faltó. Desde que empecé con esto que intento descubrir algo significativo, algo distinto, importante. Y todos los días pongo la mejor actitud y toda la predisposición para intentar nuevas cosas y buscar distintas alternativas para conseguirlo. Nunca me dejo caer... sin embargo hoy... hoy me siento abatido...

Celeste lo miró tiernamente, acercó su silla un poco y le tomó la mano.

—Mirame a los ojos —le dijo ella.
Él levantó su vista hasta encontrarse con la suya mientras lo invadía esa sensación tan particular que le sucedía cada vez que Celeste le tomaba la mano por algún motivo.
—Yo confío en vos, y creo que sos un gran científico, y que vas a conseguir algo importante, así que ni se te ocurra darte por vencido, ¿está claro?—le dijo con tono firme— Además dejá de dar vueltas, siempre analizas todo demasiadas veces y te terminas mareando.

Él sonrió disolviendo un poco la tensión y le apretó la mano aunque no pudo evitar que comience a sudarle. En ese momento, el ruido del teléfono sonando sobre el escritorio los sobresaltó. Celeste reaccionó primero y atendió:

—Hola. Si doctor. ¡Qué bueno! Pero... ah... ¿y por cuánto tiempo?... entiendo, bueno, me alegro que esté mejor, ahora le comento a Alejandro. Gracias doctor. Hasta luego.
—¿Qué pasó? —preguntó Alejandro intrigado.
—Parece que Milton recuperó la conciencia y que está estable pero que, por su físico, las consecuencias son un poco más complejas y le va a llevar un tiempo de recuperación y permanecer en observación.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por lo que estima el doctor Suarez van a ser aproximadamente tres o cuatro días y a partir de ahí evaluará sus condiciones.
—Pobre Milton... —se lamentó Alejandro— él había advertido que no modifiquemos los catalizadores de esa forma y yo insistí... no dejo de sentirme culpable por lo que le pasó.
—Lo importante es que está bien, va a tardar en recuperarse pero en definitiva no sufrió daños graves, además a cualquiera le pudo pasar, no te hagas cargo vos solo, los cuatro somos el equipo.
—Sí, puede ser... —balbuceó no muy convencido.
—¿Vamos yendo? —le preguntó Celeste cansada— Ya no hay mucho que podamos hacer acá y nos vendría bien descansar después de tanto ajetreo.
—Andá vos, yo me voy a quedar un poco más, quiero terminar de acomodar unas cosas y tengo ganas de estar solo un rato.
—¿Seguro? ¿Por qué no te vas a tu casa? mañana volvés y vas a estar más fresco.
—No, en serio, andá tranquila, yo me quedo un rato más y después me voy, no te preocupes.
—Bueno, como quieras, nos vemos mañana.
—Chau Celes.

Celeste se fue y Alejandro se quedó en el laboratorio sentado y todavía procesando en su cabeza lo que había pasado.