«La claraboya y la lámpara»

Gastón leía apasionadamente una antigua novela de misterio. Absorto en las páginas no existía más mundo que aquel bajo la tenue luz de un velador en su escritorio. Las ventanas que daban al exterior estaban cerradas de manera permanente. El silencio de la noche tan sólo se rompía por algún lejano murmullo callejero. En los claroscuros aparecían montañas de libros apilados sobre el piso. Gastón, con los codos apoyados a ambos lados del libro, permanecía ausente. Sus dedos se entrelazaban de manera compulsiva con los negros rulos de sus cabellos al tiempo que los pensamientos se fundían con la letra escrita ante sus ojos. Las horas nocturnas favorecían a su concentración, se sentía mucho más vivo en la madrugada que durante el día. Había organizado sus días para aprovechar estos momentos. Cada tarde, después de salir del trabajo, se retiraba directamente a dormir. Despertaba pasada la medianoche para alimentarse y comenzar a transitar su tramo preferido del día: la noche.

De pronto el velador se apagó y la oscuridad invadió el lugar. Aguardó con la esperanza de que la energía retornara tan súbitamente como había partido pero esto no sucedió. Resignado se puso de pie y buscó a tientas algo con qué iluminarse. Un viejo encendedor inservible y una linterna sin pilas fue lo único que encontró. Bufó con desidia y rodeó el escritorio en dirección al centro del estudio. Al hacerlo tropezó con una de las pilas de libros y fue a parar de cara al suelo golpeándose el hombro y el codo derechos. El dolor fue agudo y penetrante. Permaneció tendido por un momento y finalmente se incorporó tomándose el brazo dolorido, alzó la mano izquierda y estirándose tomó un cordón que colgaba del techo. Tiró de éste y corrió la cortina que cubría una pequeña y sucia claraboya en el centro de la habitación. La pálida luz de la luna en su cuarto creciente se coló por las hendijas que el polvo y la suciedad aún no cubrían. La visibilidad todavía era escasa, la delicada claridad lunar tan sólo entibiaba la penumbra. Se alejó hacia la pared más apartada del escritorio esquivando por poco una nueva pila de libros que se materializó delante de él. Al llegar al muro golpeó levemente su rodilla con el borde de madera de un viejo baúl sin tapa en el que guardaba diversos objetos sin clasificar. Buscó entre ellos agudizando inútilmente la vista con la expectativa de encontrar algo que le sirviera para iluminarse: un encendedor que funcionase, una caja de fósforos, otra linterna, pilas para la anterior… algo… pero nada de lo hallado parecía servir hasta que de pronto sus dedos reconocieron un objeto. Una lámpara de luz ultravioleta descansaba en el fondo. Sacudió el polvo que la cubría, la encendió y comprobó que funcionaba, lamentablemente las baterías que utilizaba no eran compatibles con la linterna de luz blanca. Dio media vuelta y regresó al escritorio pero habiendo dado apenas dos pasos tuvo la sensación de ver algo extraño en el centro de la habitación. Se detuvo y observó con desconfianza. No había nada. No conforme con esto, decidió rodear el lugar e iluminó con su lámpara de mano la zona en cuestión. Nuevamente algo apareció frente a él. Se detuvo por segunda vez, apagó la lámpara e inmediatamente las figuras volvieron a desvanecerse. Desconcertado y asustado pero aún curioso, encendió su farol ultravioleta y volvió a dirigirlo hacia aquel sitio. Al combinarse la tenue luz de la lámpara con los discretos rayos lunares que ingresaban por la claraboya se hicieron visibles dos extraños cuerpos de características incomprensibles. El noctámbulo hombre entró en pánico por un instante en el que se quedó petrificado. Su corazón palpitaba con fuerza, expectante de cualquier reacción repentina. La apariencia de ambas figuras conjugaba fragmentos de diferentes animales de una manera tan armónica que se podían reconocer sutiles características de muchos seres juntos aunque sin llegar a ser ninguno en particular. Cada uno presentaba rasgos diferentes al otro, combinaciones tan únicas que, en su complejidad, eran maravillosas. Los dos cuerpos iluminados por la luz combinada se mostraban impasibles ante la presencia de Gastón, como si lo ignoraran por completo. Parecían estar manteniendo algún tipo de comunicación entre ellos que resultaba incomprensible. Superada la involuntaria inmovilidad que lo aprisionaba, se relajó y observó más detenidamente. No comprendía de qué se trataba aquello, dudaba de si estos seres no lo verían o simplemente estaban ignorando su presencia intencionalmente. Colocó la lámpara en un sujetador que se encontraba en la pared y decidió rodearlos intentando llamar su atención, no obtuvo respuesta. Los cuerpos de aquellas criaturas interactuaban bajo la exigua luz que los hacía visibles sin reparar ni por un instante en la presencia de su observador.

Pasó cinco días intentando relacionarse con aquellos seres, cada noche los encontraba en posiciones distintas y realizando diferentes actividades. Incluso habiendo solucionado su problema eléctrico, Gastón apagaba cada noche las luces y encendía la lámpara ultravioleta mientras dejaba ingresar el resplandor de la luna por la claraboya. Poco a poco fue perdiendo el temor y se lanzó hacia la experimentación explícita. Intentó hablarles, les gritó, trató de tocarlos pero sus manos los atravesaban como si no estuviesen allí. Elaboró toda serie de conjeturas e hipótesis respecto a qué era aquello aunque no las compartió con nadie, no solía hablar con la gente habitualmente y este hallazgo no fue la excepción. Al principio pensó que las criaturas eran seres extraterrestres que habían llegado hasta allí en busca de algo, pero no se explicaba su comportamiento si así fuera. Desistió de esa idea y creyó que tal vez fuesen fantasmas, espíritus de personas y animales muertos que vagaban por la casa aunque tampoco se sintió satisfecho con la respuesta. Abandonó también esa teoría y pensó que quizás estuviese observando lo que ocurría en algún universo paralelo, sin embargo no se explicaba cómo podría haber pasado con tan pocas herramientas, sería ridículo, concluyó. Finalmente comprendió, pasados seis días, que los dos cuerpos que se manifestaban ante él en el centro de aquella habitación no pertenecían a ningún otro lugar ni momento que ese en el que estaban. Tanto ellos como él coexistían en el mismo tiempo y espacio con la sola diferencia que cada uno tenía un plano de existencia distinto que lo hacía imperceptible a los demás. Eso explicaba por qué se comunicaban entre ellos pero él no podía más que verlos. De alguna manera la combinación específica de la luz lunar y la ultravioleta de aquella lámpara había puesto de manifiesto la existencia de los seres de otro plano que compartían el mismo momento y lugar.

Gastón había vivido obsesionado durante los últimos días con el fenómeno del cual era testigo. Ya casi no dormía y se dedicaba a descifrar los misterios que encerraban los cuerpos iluminados. A la séptima noche, como todas las anteriores, preparó el lugar para presenciar el extraño suceso. Descubrió la claraboya y percibió que la luz era más intensa que los días anteriores. Se asomó y comprobó que el astro había alcanzado su fase de luna llena. Creyó que con eso tal vez lograse algo diferente a los días anteriores, colocó la lámpara en su lugar pero al encenderla la realidad lo descolocó. Ninguno de los cuerpos se hallaba allí, no había rastro de ellos. Las luces se entrelazaban de la misma forma que antes pero sus rayos conjuntos impactaban intrascendentemente sobre el piso iluminando las viejas maderas que lo componían. Su mirada buscó en vano alguna señal que lo guíe para encontrarlos pero no había nada. Se preguntó si realmente ya no estarían allí o quizás lo que ocurría era que simplemente sus ojos ya no fuesen capaces de verlos. La respuesta en su mente fue contundente: sabía que seguían allí. Dedujo entonces que algo en las condiciones debía haber cambiado y por eso ya no lograba percibirlos, tal vez la luz de la luna, tal vez la intensidad de la lámpara, o la presión atmosférica, o la humedad, o la electricidad estática… las variables eran infinitas. Durante seis semanas intentó reproducir las exactas condiciones que existieron aquellas noches, incluso esperó a que la luna volviera a su cuarto creciente, recalibró la lámpara, realizó investigaciones meteorológicas, pero nada de lo que hizo funcionó. Finalmente, luego de casi dos meses se dio por vencido. Aceptó que la tarea lo excedía y poco a poco fue retomando su rutina habitual: trabajaba durante el día, dormía por las tardes y leía por las noches. Pero una cosa jamás volvió a ser igual: ya nunca se sintió solo.